Thursday, June 22, 2006

De la "Balota" a la Credencial de Banda Magnética

La palabra comicios no es reciente como uno podría pensar. Ella ya aparece en la república romana como forma latina “comitium y con ella se designaba a las de cada una de las tres formas en que se integraba la sociedad romana. Estas asambleas correspondían respectivamente a la comitia curiata, a la comitia centuariata y a la comitia tributa. Los comicios curiales, integrados exclusivamente por la aristocracia, son los de más antiguos, ya que se heredan del Imperio. La segunda, era en sus inicios una reunión de los integrantes de las milicias ciudadanas, pero al llevarse a cabo la reforma democrática del siglo III AC, fue ampliada a otros sectores. En estos Comicios Centuriados se decidía la paz o la guerra, se elegían los magistrados ordinarios y extraordinarios, a los decenviros e incluso a los tribunos militares. Por último, los “comicios tribales” fueron la forma más democrática que alcanzó Roma hacia el 287 AC abarcando la mayoría de la población. Si nos ajustamos a este origen, la significación actual del término comicios, éste dista mucho del significado romano, ya que dicho término es actualmente aplicado al acto electivo para designar cargos políticos o representativos y no resolutivos. Esta elección de cargos, ya se usaba en nuestro país durante el período de la dominación española en los Cabildos, mediante el cual los habitantes regían los destinos de la ciudad de Montevideo. A la sola excepción del creado directamente por Zabala, la población siempre eligió a sus cabildantes y regidores. Precisamente, esta incipiente democracia funcional fue motivo de permanentes turbulencias entre el cuerpo capitular y los gobernadores coloniales. El caso más notorio es el Cabildo de Montevideo del 21 de septiembre de 1808, en el que por primera vez un pueblo de América toma su propia autodeterminación. Posteriormente durante la época artiguista, la elección de representantes fue de una de las mayores preocupaciones del prócer, a fin de que sus actitudes e ideas fueran de tratamiento de consenso (“Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana”). Para 1830, los asambleístas que consagraron la primer Constitución, así como el primer gobierno legislativo, fueron elegidos en asambleas representativas de distintas regiones del país. La figura del Presidente, desde entonces hasta 1922, no fue elegida directamente por comicios directos como hoy sucede, sino que su designación corría por cuenta de la Asamblea General Constituyente. Esta Constitución de la naciente república contenía ciertas limitaciones al voto, por lo que no todos podía participar de ella de los comicios. Hasta la Constitución de 1918-19, las mujeres, los analfabetos, los “sirvientes a sueldo”, peones, jornaleros, soldados de línea, los individuos de notoria “vagancia”, o quienes tuvieran hábito de ebriedad no podían sufragar en los comicios que se efectuaban cada tres o seis años respectivamente. Es de entender que el inicial buen espíritu que se aplico a esta limitación, se vio pronto desvirtuado en el transcurso de los años, llegando al colmo de que un Jefe Político de un departamento encarcelara el día de las elecciones a todos aquellos habitantes de su villa sospechosos de no votar a su favor, alegando que los mismos estando “encuadrados” en aquellas limitaciones pretendían participar de los comicios. Luego de 1919, un nuevo espíritu civilista fue encarado en el país, y las limitaciones fueron paulatinamente derogadas. Los comicios iniciales, eran a “Voto cantado” por lo que el ciudadano habilitado proclamaba públicamente su preferencia ante un notario, habilitado a tal fin. Es de suponer que esta falta de privacidad, se prestaba para todo tipo de “presiones externas y condicionamientos”. En vista de los atropellos, y notorias “apretadas” por parte de grupos afines a algún “caudillo”, en 1878 una ley instituyó el voto por sobre cerrado. En este se debía poner una boleta o “balota” donde el ciudadano debía rubricar una lista de candidatos a su elección y entregarla a la autoridad electoral. En el transcurso de la historia, hay comicios que deben haber sido excepcionales de presenciar. Uno de ellos debiera ser el de 1922, en el cual el Ing. José Serrato (candidato colorado) le gana por escaso margen al Dr. Luis Alberto de Herrera (candidato blanco). En esta reñida lucha electoral, también se elegía por primera vez al Presidente en forma directa por parte de la ciudadanía, tal como se da hoy en día. Otro acto comicial que figura en los anales de nuestra historia como excepcional, fue el de 1958 en el cual el Partido Nacional, después de 99 años de Gobierno Colorado ininterrumpidos, gana las elecciones accediendo así a la presidencia. Hoy son otros tiempos, otras realidades, ya que si damos una mirada a la cualidad de representes, en la Constitución de 1830, aquellos que quisieran ser elegidos en comicios para diputados, senadores o Presidente de la República, debían contar según la Carta Magna con “…un capital de cuatro mil pesos, o profesión, o arte, u oficio útil que le produzca una renta equivalente…”. La laxitud del orden jurídico imperante durante el Siglo XIX genero diversos actos que contribuían a alterar los resultados, por la vía que fuera. Tal es el caso del famoso episodio del “café frío” en una localidad de Lavalleja. Cuenta la anécdota que el comisario del pueblo no tuvo mejor idea, para desembarazarse del candidato de la oposición a su partido, que encarcelarlo dos días antes de la elección por haberle servido en el bar de su propiedad un café frío durante una recorrida. Una muestra de esas circunstancias y ambiente de la vida del siglo XIX y parte de los inicios del XX, las pintan con humor “Los Partes de Don Menchaca” y hasta el mismo “Juan el zorro”. Pero a pesar de los años y la modernización, siempre se generan jugosas leyendas acerca de los comicios, aunque por obvias razones de legalidad y orden, hoy en día estas responden al comportamiento de los electores. Caso como el del voto escondido en un armario del cuarto secreto para mantener su cualidad de tal, o la colocación de billetes de moneda en curso en su interior, forman ese rosario de diferentes crónicas comiciales. Entre las más rebuscadas está el de aquella vecina, que favorecida por su apariencia de anciana, concurrió a votar “presa” de un notorio parkinson, con el fin de no tener que efectuar la tradicional cola de las horas pico. Entre el temblequeo de sus pasos, y el inseguro apoyo del bastón, no se percató de que un vecino que integraba la mesa electora la miraba sorprendido de tan espectacular y repentino cambio de salud. La supuesta enferma anciana sólo atino a mirar hacia otro lado y pasar orgullosa por delante de todos aquellos, que condolidos del mal que “le aquejaba”, solidariamente le cedían la posibilidad de votar sin espera. Muchos se quejan de la dificultad para introducir la lista en el sobre. Lo que no saben es que esto esta hecho a propósito, ya que con ello se evita la tentación de introducir, a manera de voto, cualquier objeto o artefacto extraño dentro de él. El más común de los hechos es la desaparición de listas del cuarto secreto, cosa que tiene sobre si una larga historia. Debido a esto es que los partidos insisten en que cada votante debe llevar su lista. El último e infaltable chiste es el de aquel ciudadano que a dos minutos de cerrar el colegio electoral, aparece a votar consultando si por casualidad es allí donde debe sufragar según su credencial.-

No comments: